sábado, 31 de enero de 2009
Ayer entramos otra vez en nuestro huracán del Plata como auténticos meteorólogos hasta media madrugada. Esta vez a mí el viento de las primeras impresiones me afectó mucho menos que la primera vez y pude verlo muy de cerca. A medida que el tiempo transcurría era más difícil no pasar de qué decía a cómo lo decía, sus palabras se deslizaban por su boca como truchas entre manos y nosotros veíamos alelados cómo “habitaban el espacio” instalados en un delirio de babas psiconalíticas que nos atascaban el discurso hasta lapsus en los que podíamos llegar a juntar patosamente cuatro o cinco preposiciones que no encontraban su principio. Un punto de inflexión fotográfico rompió este delirio y nos bajó a una pequeña realidad que salvó a nuestro huracán de dos cloracepatos dipotásicos.
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